viernes, 29 de mayo de 2009

PLACER DE VERANO (Humor negro)

Alphonse Allais (1854 – 1905)

La mansión que ocupo durante la estación estival es vecina de una modesta casa habitada por la más odiosa arpía de todo el litoral.
Viuda de un ingeniero de caminos al que hizo morir de pena, esta bruja unía a la más sórdida avaricia un mal genio poco corriente, y todo ello bajo la cobertura de una devoción llevada al exceso.
¡Murió, paz a sus cenizas!
¡Murió, y yo reía de gusto cuando la vi batir el aire con sus grandes brazos esqueléticos y caer sobe el débil césped de su ridículo y excesivamente cuidado jardincillo!
Porque asistí a su defunción; mejor dicho, fui su autor, y pienso que esa pequeña aventura será siempre uno de mis mejores recuerdos.
Era preciso, por otra parte, que eso terminara así, pues tanto me obsesionaba la sola idea de aquella arpía que había llegado a perder el sueño.
¡Horrible, horrible mujer!
Llegué a mi fúnebre resultado mediante un cierto número de bromas todas del peor gusto, pero que, a fe mía, revelaban en su autor tanta astucia como implacabilidad.
¿Desean un breve relato de mis maquinaciones?

Mi vecina tenía la locura de la jardinería: ninguna ensalada del país era comparable a sus ensaladas, y en cuanto a sus fresales, eran todos tan hermosos que daban ganas de arrodillarse delante de ellos.
Contra las malas hierbas, contra los malos insectos, contra los más voraces gusanos, conocía y empleaba infatigablemente mil trucos de una temible eficacia.
Su caza a los limacos era todo un poema, hubiera podido decir Copec de caer sobre el país.
Convoqué a una miríada de mocosos (miríada es una manera de hablar) y entregándoles a cada uno un saco…:
-¡Vamos -dije-, amiguitos míos, id por los caminos del campo, y traedme cuantos caracoles encontréis! A la vuelta os esperan unas cuantas monedas.
Y mis golfos salieron de caza.
Les esperaban copiosas presas: jamás, en efecto, tantos caracoles habían irisiado el paisaje.
Congregué a todos los moluscos en una inmensa caja bien cerrada. Donde fueron irritados a ayunar durante más de un día.
Después de lo cual, en una radiante tarde de verano, solté ese ganado en el jardín de la vieja.
La salida del sol iluminó inmediatamente un Waterloo.
De las lechugas, tiempo no tan florecientes, las achicorias y los fresales, no quedaban más que los siniestros y mordisqueados nervios.
¡Ah, de no haber reído tanto, aquel espectáculo devastador me hubiese consternado!
¡La arpía no creía lo que sus ojos veían!
Mientras tanto, llenos pero no hartos, mis babosas proseguían su obra de aniquilación.
Desde mi pequeño observatorio, observaba cómo trepaban decididamente al asalto de los perales.
…En aquel momento, la campana convocó a misa de diez. Mi vecina partió a contar sus penas al buen Dios.

Seria fastidioso un relato detallado de las feroces bromas que infligí a la mala mujer que me servía de vecina.
Pasaré en silencio los pedazos de carburo de calcio impuro que lanzaba al pequeño estanque frente a su casa: la pluma humana no puede llegar a describir el hedor a ajo que desprendía entonces su estúpido surtidor.
Y precisamente (detalle que supe más tarde y que me llenó de alegría) aquella bruja sentía una aversión insuperable por el olor a ajo.
Al pie del muro que separa su jardín del mío, cultivaba una soberbia planta de perejil. ¡Oh, el hermoso perejil!
A puñados, sin contarlas, inundé el arriate de semillas de cicuta, planta que se parece mucho, hasta poder confundirse, con el perejil.
(Compadezco a los nuevos inquilinos del jardín, si no se dan cuenta de la superchería)
Llegamos a las dos supremas bromas, la última de las cuales como ya he dicho antes, provocó la defunción súbita de la horrible vieja.
A fuerza de estudiarla, me sabía al dedillo la forma de vida de nuestra arpía.
Levantando con el alba, inspeccionaba con mirada suspicaz los menores detalles de su jardín, aplastaba una babosa por aquí, arrancaba una mala hierba por allá.
Al primer toque de campana de misa de seis, la devota salía, y luego, cumplido su deber religioso, regresaba y recogía del buzón el periódico La Croix, cuya edificante lectura emprendía mientras sorbía un café con leche.
Entonces, una mañana, leyó cosas extrañas en su diario favorito. El editorial, por ejemplo, comenzaba con la frase: «¡Nunca lograremos acabar con ese atajo de vuestra majestad de ratas de sacristía!», y el resto del artículo seguía con el mismo tono.
Después de lo cual se podía leer esta pequeña noticia:
«Aviso a nuestros lectores
»Nunca recomendaremos demasiadas preocupaciones a aquellos de nuestros lectores que, por una u otra razón, se ven obligados a introducir eclesiásticos en su domicilio.
»Así, el lunes pasado, el cura de Saint-Lucien, llamado por uno de sus feligreses para administrarle los últimos sacramentos, consideró oportuno al retirarse, llevarse el reloj de oro del moribundo y una docena de cubiertos de plata.
»Este hecho está lejos de constituir un caso aislado, etc., etc.»
¡Y vaya con los sucesos!
Se contaba especialmente que el nuncio del Papa había sido detenido, la víspera, en el baile del Moulin-Rouge, por embriaguez, alboroto público e insultos a los gendarmes.
¡Curioso periódico!
¿Es preciso que añada que ese extraño órgano había sido redactado, compuesto, linotipado y editado, no por damas como el periódico La Fronde, sino por su seguro servidor, con la complicidad de un impresor amigo, cuya perfecta complacencia en esta ocasión nunca podré elogiar bastante?
Una de las farsas que puedo recomendar con toda clase de garantías a mi elegante clientela es la siguiente. No se destaca por su extrema intelectualidad, ni por su exquisito tacto, pero su práctica procura a su autor un intenso regocijo.
Claro está, no dejé de aplicarla a mi odiosa vecina.
Desde primera hora de la mañana, y a diversas horas del día, enviaba, firmadas por la vieja y con su dirección, telegramas a personas habitando los rincones más dispares de Francia.
Cada uno de esos telegramas, acompañado de una respuesta pagada, consistía en una demanda de información sobre un tema diverso.
Difícilmente pueden hacerse una idea del estupor mezclado de horror que sentía la vieja dama cada vez que el repartidor de telegramas le entregaba un sobre azul donde aparecían las frases de la más desorbitada incongruencia.
Sucediendo de cerca a la lectura del número especial de La Croix, fabricado por mí, aquellos telegramas llevaron a mi odiosa vecina a una alucinación muy cómica.
Al final, se negó a recibir al cartero y llegó a amenazar al humilde funcionario con recibirle a escobazos en el caso de que volviera a presentarse.
Instalado en la ventana de mi granero, y provisto de unos excelentes gemelos, nunca me había reído tanto.

Y mientras tanto, llegó la noche,
Quería una buena costumbre que el gato de la buena mujer, un gran gato negro, delgado pero imponente, deambulara por mi jardín tan pronto como caía el día.
Ayudado por mi sobrino (un muchacho que promete) no tardamos en capturar al animal.
Y no menos prontamente le salpicamos copiosamente de sulfato de bario.
(El sulfato de bario es uno de los productos que tienen la propiedad de hacer luminosos los objetos en la oscuridad. Se puede encontrar en todos los comercios de productos químicos)
Era una noche opaca, una noche sin estrellas ni luna.
Inquieta al no ver regresar a su minino, la vieja gritaba:
-¡Polyte, Polyte! ¡Ven, mi pequeño Polyte!
(¡Vaya nombre para un gato!)
Bruscamente soltado por nosotros, ebrio de rabia y de miedo, Polyte huyó, saltó el muro en menos tiempo del que necesito para escribirlo, y se precipitó hacia su casa.
¿Han visto alguna vez aparecer un gato luminoso entre las tinieblas de la noche?
Es un espectáculo que vale la pena, y por mi parte, nunca he visto otro más fantástico. Era demasiado.
Oímos gritos, aullidos.
-¡Belcebú! ¡Belcebú! –vociferaba la vieja-. ¡Es Belcebú!
Luego le vimos soltar la vela que llevaba en la mano y caer sobre el céspedCuando, atraídos por sus gritos, los vecinos llegaron para levantarla, ya era demasiado tarde: había dejado de tener vecina.

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