martes, 2 de junio de 2009

DEJAR TODO EN SU LUGAR

Cuento popular

Un joven provinciano viajaba en el metro de la gran ciudad para visitar a un pariente. Era la primera vez que abordaba este sistema de transporte, pero gracias a las indicaciones que recibió de su hermana, el pueblerino no tuvo mayores problemas para utilizarlo. Aún así, debido a su novatez, no dejó de cometer algunos errores, como por ejemplo que le hizo la parada una vez que lo vio llegar, provocando codeos y tapadas de boca con la mano. Vio que mucha gente llegaba y mucha gente se subía, por lo que tuvo que esperar cuatro paradas para al fin apearse, en medio de empujones. En el trayecto, sin embargo, en una de las paradas ocurrió algo muy singular. Una jovencita ejecutiva subió al vagón donde viajaba nuestro héroe, y como no había lugar, la joven tuvo que seguir de pie. Nuestro fuereño aún así notó que el minivestido de la muchacha era tan ajustado que cierta parte de ella se le introducía en la parte trasera de la entrepierna. El muchacho, que iba detrás de ella dándose cuenta de este detalle, y recordando por experiencia propia lo incómodo de que se meta la ropa donde no debe, y el dicho de su abuelo de que “hombre acomedido cabe en cualquier parte”, retiró con suma delicadeza el pliegue que se introducía traviesamente entre las nalgas de la lozana mujer, provocando que ésta diera media vuelta, ofendida, a lo que el joven inmediatamente reaccionó introduciendo repetidamente el pliegue a su lugar original, diciendo: “¡Ahí está, ahí está, vaya!”

Moraleja: Ser acomedido es bueno, pero lo es aún más ser comedido.

EL HIJO DE LA TIZNADA

Carmen Báez

Saltó la barda de su casa. Detrás del solar de doña Luz estaba la calle, con sus piedras untadas de sol, que se hacían musicales bajo los cascos de los caballos.
En la mañana, alguien lanzó al viento una voz:
-¡A’i viene el de la arracada!
Lo dijo en tono velado, al oído de alguno, y la voz hizo eco en la boca de todas las mujeres, y de todos los hombres, y de todos los niños; y fue creciendo hasta llegar a la torre del pueblo, en donde los cerrojos de los máuseres parecían cuchichear en las manos de los hombres:
-¡A’i viene el de la arracada!
Encerraron a todas las muchachas en el subterráneo del curato viejo, y los hombres huyeron hacia el cerro. En la casa, cerrada, los niños asustados se acurrucaban detrás de la madre, que rezaba para que los hombres no se mataran.
La niña fea no tenía miedo. Ella sólo quería ver a los rebeldes. Y en tanto que los hermanitos lloraban cerca de la madre, ella acercó su sillita a la ventana de la huerta y trepó con gran trabajo. Después se deslizó por las ramas de un durazno y cayó al suelo. Corriendo atravesó la huerta y saltó el portillo de la barda. Ya en el corral de doña Luz se sintió libre, feliz. Desde allí se oían las voces de los soldados en la calle ancha.
Aquello parecía una fiesta. Una gran fiesta. Bajo la lumbre del sol, la niña abrió sus ojos en azoro.
Corriendo entre las patas de los caballos llegó a la plaza. Estruendo de clarines y de voces, basura, gente. En los portales hacían lumbradas las mujeres sucias, y asaban carne para que los soldados comieran.
Frente a la tienda de doña Ignacia había una gran mancha de gente. La niña fea se acercó: estaban matando un buey. Primero mugidos de angustia. Luego sangre. Carne roja. Sangre, mucha sangre. Bajo el oro de la tarde corría la sangre en arroyitos calle abajo.
La niña tenía miedo. Se echó a llorar. Una soldadura de ojos verdes, enormes, la tomó en sus brazos; le dio un trozo de azúcar y secó sus lágrimas con la falda roja:
-No llores, tonta, voy a llevarte a tu casa.
Del mesón de Don Luis salían seis hombres, tranquilamente. Cinco eran rebeldes, el otro era un hombre joven. Llevaba una camisa roja, negra de mugre.
-Lo van a matar –dijo alguno.
La soldadura de los ojos verdes preguntó:
-¿Por qué van a matarlo?
-Porque es un hijo de la chingada…
Nadie se atrevió a protestar. Lentamente llegaron al centro de la plaza. El hombre joven, muy tranquilo, se paró frente a los otros cinco. Levantaron sus armas y se oyeron disparos. Él se dobló poco a poco, parecía no tener mucha prisa, y se quedó tendido en el suelo. Después, los mismos hombres, también tranquilamente, lo levantaron entre cuatro, y volvieron a meterlo en el mesón. Sólo tenía en la frente un agujerito negro y un hilito de sangre. Ni un gesto, ni una protesta, nada.
La niña fea, muy tranquila, abrió sus ojos negros más y más. Aquella era una fiesta rara. Pero no sintió ganas de llorar. Cuando levantó la frente, vio que los enormes ojos verdes de la soldadura estaban llenos de lágrimas.
“Qué mujer tan extraña –pensó-. Me dijo tonta porque lloré cuando mataron al buey, y ella está llorando ahora sí nomás, por nada.”
Era una mujer buena. De la mano la llevó hasta su casa y la entregó a su madre. Después se fue calle arriba, lenta, con su falda roja y sus enormes ojos verdes.
Cuando la niña quedó sola con su madre, dijo:
-Vi matar, mamita.
-¿Qué?
-¡Un buey! –y ocultó su cabeza en el regazo de la madre, como si quisiera olvidar allí la tragedia que vio frente a la tienda ignacia. Lloraba amargamente, desconsoladamente.
-No llores, pequeña…
Y cuando los besos de la madre la hubieron calmado, contó ya tranquilamente, sin asomo de amargura, como sui hablara de algo trivial, sin importancia:
-También mataron a un hijo de la tiznada…

"El hijo de la tiznada." En "La roba-pájaros", Letras Mexicanas, número 34, Fondo de Cultura económica, México, 1957.

EL REZO DESOBEDIENTE

Carlos Monsiváis

Se arrodilló a rezar con denuedo. "Concédeme, Señor, atisbar tu gloria." De golpe, algo se desató en su interior. Al reanudar la plegaria la sensación fue más precisa, su lenguaje se distanciaba de él, le era hostil o indiferente, no respetaba sus intenciones. Quiso decir "Dios te salve..." y escuchó, con voz que era la suya, atrevimientos y desfachateces, bonito abanico el de la marquesa, pésima la comida y deplorables sus resultados inmediatos, qué necio el Padre Prior que en cada perorata nos obligaba a mandarle mensajes recordándole el fastidio de la grey ante su verborrea.
Hizo otro intento y la oración tampoco se produjo. Sus palabras exaltaban los pensamientos que él nunca había tenido y las apetencias que más detestaba. Intimidado, suspendió las preces, descendió al susurro, y se insultó llamándose cretino, pervertido y cosas peores.
Al día siguiente ya le amedrentaba la idea de rezar de modo audible. Su conversación aún le obedecía y lo forjado en su mente emergía textual, fluido, dócil. Pero en el ámbito devocional, los vocablos se atropellaban con acentos inicuos y sarcásticos. Deseó rendir culto a Santiago Apóstol y acabó divulgando vergüenzas de la vida conventual. Se postró ante San Antonio para suplicarle la adecuada guianza de las jóvenes y nada más le refirió su enojo por no haber desflorado a su prima y su entusiasmo por los senos de la marquesa.
Pensó en cortarse la lengua, en cercenar el vehículo de la malicia. Lo contuvo su amor por el canto llano, la fruición que le provocaban los ecos de su voz bien timbrada alabando los misterios. Se desesperó recordando que al siguiente domingo le tocaba explicar las ventajas de la sumisión y la resignación.
Ensayó en su celda. Todo inútil. Apenas se concentraba en la declamación de la doctrina, sonaban con estruendo (o así él lo presentía) sus citas levantiscas y cínicas. Quiso reconocerle a San Hipólito su gloria irreprensible, pero sólo le contó chismes de solteronas que se fingían adúlteras y de viudas que alegraban su luto. Horas después, desvencijado, se sintió reo de maldad juzgada. Él, quien juró que sus labios sólo proferían sabiduría, aguardaba convulso la siguiente frase. Su garganta se había convertido en un cepo del mal.
En la mañana temida, alegó males y quebrantamientos. Nada le valió: "Así sea muerto, tú hablarás." Enfermo de temblores, recorrió la gran nave, evocando su intento de esa madrugada, cuando la oración anhelada se tradujo en un elogio ambiguo de la afición del virrey por los jóvenes. Lívido, ascendió al púlpito, mantuvo la vista en alto, y se preparó a la catástrofe... Pero su fervorín emergió exacto, limpísimo. ¡Era, de nuevo, el dueño de su habla! Se contuvo para no llorar de gratitud y abrazarse al madero. Casi al concluir, examinó a su auditorio y percibió los rostros de ira y los murmullos de encono, y supo que la causa no era su homilía, tan nítidamente dicha. En ese momento reparó en el libre albedrío de sus manos, en las figuras que sus manos trazaban, en las gesticulaciones impúdicas que negaban y difamaban el provecho virtuoso de su sermón.

Tomado del libro "Nuevo catecismo para indios remisos", de Carlos Monsiváis. Ediciones ERA. México D.F., 1982.

viernes, 29 de mayo de 2009

PLACER DE VERANO (Humor negro)

Alphonse Allais (1854 – 1905)

La mansión que ocupo durante la estación estival es vecina de una modesta casa habitada por la más odiosa arpía de todo el litoral.
Viuda de un ingeniero de caminos al que hizo morir de pena, esta bruja unía a la más sórdida avaricia un mal genio poco corriente, y todo ello bajo la cobertura de una devoción llevada al exceso.
¡Murió, paz a sus cenizas!
¡Murió, y yo reía de gusto cuando la vi batir el aire con sus grandes brazos esqueléticos y caer sobe el débil césped de su ridículo y excesivamente cuidado jardincillo!
Porque asistí a su defunción; mejor dicho, fui su autor, y pienso que esa pequeña aventura será siempre uno de mis mejores recuerdos.
Era preciso, por otra parte, que eso terminara así, pues tanto me obsesionaba la sola idea de aquella arpía que había llegado a perder el sueño.
¡Horrible, horrible mujer!
Llegué a mi fúnebre resultado mediante un cierto número de bromas todas del peor gusto, pero que, a fe mía, revelaban en su autor tanta astucia como implacabilidad.
¿Desean un breve relato de mis maquinaciones?

Mi vecina tenía la locura de la jardinería: ninguna ensalada del país era comparable a sus ensaladas, y en cuanto a sus fresales, eran todos tan hermosos que daban ganas de arrodillarse delante de ellos.
Contra las malas hierbas, contra los malos insectos, contra los más voraces gusanos, conocía y empleaba infatigablemente mil trucos de una temible eficacia.
Su caza a los limacos era todo un poema, hubiera podido decir Copec de caer sobre el país.
Convoqué a una miríada de mocosos (miríada es una manera de hablar) y entregándoles a cada uno un saco…:
-¡Vamos -dije-, amiguitos míos, id por los caminos del campo, y traedme cuantos caracoles encontréis! A la vuelta os esperan unas cuantas monedas.
Y mis golfos salieron de caza.
Les esperaban copiosas presas: jamás, en efecto, tantos caracoles habían irisiado el paisaje.
Congregué a todos los moluscos en una inmensa caja bien cerrada. Donde fueron irritados a ayunar durante más de un día.
Después de lo cual, en una radiante tarde de verano, solté ese ganado en el jardín de la vieja.
La salida del sol iluminó inmediatamente un Waterloo.
De las lechugas, tiempo no tan florecientes, las achicorias y los fresales, no quedaban más que los siniestros y mordisqueados nervios.
¡Ah, de no haber reído tanto, aquel espectáculo devastador me hubiese consternado!
¡La arpía no creía lo que sus ojos veían!
Mientras tanto, llenos pero no hartos, mis babosas proseguían su obra de aniquilación.
Desde mi pequeño observatorio, observaba cómo trepaban decididamente al asalto de los perales.
…En aquel momento, la campana convocó a misa de diez. Mi vecina partió a contar sus penas al buen Dios.

Seria fastidioso un relato detallado de las feroces bromas que infligí a la mala mujer que me servía de vecina.
Pasaré en silencio los pedazos de carburo de calcio impuro que lanzaba al pequeño estanque frente a su casa: la pluma humana no puede llegar a describir el hedor a ajo que desprendía entonces su estúpido surtidor.
Y precisamente (detalle que supe más tarde y que me llenó de alegría) aquella bruja sentía una aversión insuperable por el olor a ajo.
Al pie del muro que separa su jardín del mío, cultivaba una soberbia planta de perejil. ¡Oh, el hermoso perejil!
A puñados, sin contarlas, inundé el arriate de semillas de cicuta, planta que se parece mucho, hasta poder confundirse, con el perejil.
(Compadezco a los nuevos inquilinos del jardín, si no se dan cuenta de la superchería)
Llegamos a las dos supremas bromas, la última de las cuales como ya he dicho antes, provocó la defunción súbita de la horrible vieja.
A fuerza de estudiarla, me sabía al dedillo la forma de vida de nuestra arpía.
Levantando con el alba, inspeccionaba con mirada suspicaz los menores detalles de su jardín, aplastaba una babosa por aquí, arrancaba una mala hierba por allá.
Al primer toque de campana de misa de seis, la devota salía, y luego, cumplido su deber religioso, regresaba y recogía del buzón el periódico La Croix, cuya edificante lectura emprendía mientras sorbía un café con leche.
Entonces, una mañana, leyó cosas extrañas en su diario favorito. El editorial, por ejemplo, comenzaba con la frase: «¡Nunca lograremos acabar con ese atajo de vuestra majestad de ratas de sacristía!», y el resto del artículo seguía con el mismo tono.
Después de lo cual se podía leer esta pequeña noticia:
«Aviso a nuestros lectores
»Nunca recomendaremos demasiadas preocupaciones a aquellos de nuestros lectores que, por una u otra razón, se ven obligados a introducir eclesiásticos en su domicilio.
»Así, el lunes pasado, el cura de Saint-Lucien, llamado por uno de sus feligreses para administrarle los últimos sacramentos, consideró oportuno al retirarse, llevarse el reloj de oro del moribundo y una docena de cubiertos de plata.
»Este hecho está lejos de constituir un caso aislado, etc., etc.»
¡Y vaya con los sucesos!
Se contaba especialmente que el nuncio del Papa había sido detenido, la víspera, en el baile del Moulin-Rouge, por embriaguez, alboroto público e insultos a los gendarmes.
¡Curioso periódico!
¿Es preciso que añada que ese extraño órgano había sido redactado, compuesto, linotipado y editado, no por damas como el periódico La Fronde, sino por su seguro servidor, con la complicidad de un impresor amigo, cuya perfecta complacencia en esta ocasión nunca podré elogiar bastante?
Una de las farsas que puedo recomendar con toda clase de garantías a mi elegante clientela es la siguiente. No se destaca por su extrema intelectualidad, ni por su exquisito tacto, pero su práctica procura a su autor un intenso regocijo.
Claro está, no dejé de aplicarla a mi odiosa vecina.
Desde primera hora de la mañana, y a diversas horas del día, enviaba, firmadas por la vieja y con su dirección, telegramas a personas habitando los rincones más dispares de Francia.
Cada uno de esos telegramas, acompañado de una respuesta pagada, consistía en una demanda de información sobre un tema diverso.
Difícilmente pueden hacerse una idea del estupor mezclado de horror que sentía la vieja dama cada vez que el repartidor de telegramas le entregaba un sobre azul donde aparecían las frases de la más desorbitada incongruencia.
Sucediendo de cerca a la lectura del número especial de La Croix, fabricado por mí, aquellos telegramas llevaron a mi odiosa vecina a una alucinación muy cómica.
Al final, se negó a recibir al cartero y llegó a amenazar al humilde funcionario con recibirle a escobazos en el caso de que volviera a presentarse.
Instalado en la ventana de mi granero, y provisto de unos excelentes gemelos, nunca me había reído tanto.

Y mientras tanto, llegó la noche,
Quería una buena costumbre que el gato de la buena mujer, un gran gato negro, delgado pero imponente, deambulara por mi jardín tan pronto como caía el día.
Ayudado por mi sobrino (un muchacho que promete) no tardamos en capturar al animal.
Y no menos prontamente le salpicamos copiosamente de sulfato de bario.
(El sulfato de bario es uno de los productos que tienen la propiedad de hacer luminosos los objetos en la oscuridad. Se puede encontrar en todos los comercios de productos químicos)
Era una noche opaca, una noche sin estrellas ni luna.
Inquieta al no ver regresar a su minino, la vieja gritaba:
-¡Polyte, Polyte! ¡Ven, mi pequeño Polyte!
(¡Vaya nombre para un gato!)
Bruscamente soltado por nosotros, ebrio de rabia y de miedo, Polyte huyó, saltó el muro en menos tiempo del que necesito para escribirlo, y se precipitó hacia su casa.
¿Han visto alguna vez aparecer un gato luminoso entre las tinieblas de la noche?
Es un espectáculo que vale la pena, y por mi parte, nunca he visto otro más fantástico. Era demasiado.
Oímos gritos, aullidos.
-¡Belcebú! ¡Belcebú! –vociferaba la vieja-. ¡Es Belcebú!
Luego le vimos soltar la vela que llevaba en la mano y caer sobre el céspedCuando, atraídos por sus gritos, los vecinos llegaron para levantarla, ya era demasiado tarde: había dejado de tener vecina.

martes, 12 de mayo de 2009

LILIA PRADO















































Actriz mexicana nacida en la ciudad de Sahuayo, Michoacán, el 30 de marzo de 1929. Murió en la Ciudad de México el 22 de mayo del 2006. Es considerada una de las grandes actrices de la Época de Oro del Cine Mexicano. Fue de las más solicitadas en los años cincuentas. Realizó más de 100 películas compartiendo créditos con las grandes estrellas de la época como Pedro Infante, Luis Aguilar, Cantinflas, Tin Tan, Resortes, Arturo de Córdova, Marga López, Sara García, los cuatro hermanos Soler, Roberto Cañedo, Joaquín Pardavé, etc. Alcanzó la cima cuando fue llamada por el director de cine de origen español Luis Buñuel para estelarizar "Subida al cielo", "Abismos de pasión" y "La ilusión viaja en tranvía". Son también memorables sus actuaciones en "Las mujeres de mi general", "El gavilán pollero", "Confidencias de un ruletero", "Cuarto de hotel", "Crimen y castigo", "Los gavilanes", "La vida no vale nada", "El analfabeto", "Fe, esperanza y caridad", "La puerta negra", etc. Es mundialmente reconocida por la sensualidad ingenua que irradiaba en la mayoría de sus filmes. Pese a ello, no realizó ningún desnudo. Falleció el 22 de mayo del 2006 en la Ciudad de México. Sus restos descansan eternamente en el Panteón Jardín, al lado de su madre.














































































































































































































































































Esta página ha sido creada sin mayor pretensión que la de compartir imágenes de una actriz emblemática de la belleza femenina mexicana, que constituyó la imagen del erotismo y la sensualidad del cine mexicano de la Época de Oro.